Organizar el desastre
Es posible garantizar una respuesta eficaz en situaciones críticas y nuestro país cuenta con una red de estructuras que lo hace posible

“El hombre moderno hereda toda la belicosidad innata y todo el amor por la gloria de sus antepasados —decía William James en la Universidad de Stanford en 1906—. Mostrar la irracionalidad y el horror de la guerra no tiene ningún efecto sobre él. Los horrores son lo que lo fascina”. Esa fascinación es nuestra primera debilidad. Romantizamos el apocalipsis, un subproducto de la popularidad del género apocalíptico en el cine y la televisión. La segunda es que, de tanto romantizarlo, no sabemos prepararnos para la crisis real. Los pocos que se preparan de forma obsesiva (nombre en código: “preppers”), lo hacen en modo apocalipsis zombi, como si el resto de la población se convirtiera de pronto en el enemigo y la supervivencia dependiera de protegerse de los demás. La experiencia, sin embargo, demuestra una y otra vez que la mejor forma de resiliencia es la cooperación. Necesitamos protocolos de gestión de crisis capaces de minimizar el pánico y la desinformación, empezando por una comunicación clara, oportuna y eficiente.